miércoles, 24 de diciembre de 2014

Ecuador: Dos casas

Parece de mala película gringa que durante la misma semana las informaciones políticas más relevantes sean la compra de una vivienda suntuaria por parte de la asambleísta Gabriela Rivadeneira y el despojo de la sede en que funciona la CONAIE desde 1991.



Antonio Villarruel Quito, Ecuador

Parece coincidencia de mala película gringa que durante la misma semana las informaciones políticas más relevantes del Ecuador hayan sido la compra de una vivienda suntuaria por parte de la asambleísta Gabriela Rivadeneira y el despojo de la sede en que funcionaba la CONAIE desde el año 1991. Por más que sean acontecimientos que no tengan que ver el uno con el otro, no creo que resulte desafortunado considerarlos como eventos análogos o que inclusive formen, entre los dos, una explicación plausible de la vida política del país.

Nada más burdo se le pudo ocurrir a la asambleísta Rivadeneira que insinuar, de forma demagógica, que adquiría su casa como cualquier familia trabajadora ecuatoriana, endeudándose por decenas de años para pagar a cómodos plazos el lugar donde ella y sus más cercanos dormirán, se despertarán, saldrán a trabajar. Rivadeneira pasa por alto que, dentro del más ordinario concepto que tiene de ciudad, ha ido a recluirse en uno de esos conjuntos de vivienda donde moran los ricos a los que mandó a comer excremento dos veces. Ahora le tocará ser vecina de ellos mismos.

No obstante, esto no es lo más grave. Cada uno con sus gustos elementales. Siguiendo la penosa tradición de las élites aterrorizadas y asqueadas de los espacios públicos, pero también de los nuevos ricos de los gobiernos supuestamente progresistas con que su grupo se alía, la presidenta de la Asamblea ha escogido atrincherarse en esos nuevos espacios de no-ciudad pensados para las élites vehiculizadas, en esas urbanizaciones cerradas donde la servidumbre, que quizá votó por ella, camina por la vera del camino, y los residentes salen y entran con sus autos. 

No me imagino a una familia ecuatoriana, trabajadora y dependiente de los créditos del BIESS, tener la capacidad de comprar una casa de al menos un cuarto de millón de dólares. Tampoco me imagino a Gabriela Rivadeneira tomando transporte público, aunque ésta sea la revolución de la inclusión. Disfrazar con el discurso de la transparencia y la rendición de cuentas semejante cinismo solo corrobora la falta de un ideario no solamente político, sino estético, una suerte de destierro de cualquier concordancia entre las pulsiones de micrófono y las prácticas y relaciones diarias.

Simultáneamente, el gobierno correísta ha hecho pespuntes legales para sacar a la CONAIE del lugar donde ha venido trabajando desde hace veinte años. Ya lo dijo Manolo Sarmiento: no es al código civil a lo que debería apelar el oficialismo para sacar de allí a aquella organización. Es al huasipungo. O lo que es lo mismo, y esto lo digo yo, a los hábitos de gobierno que han quebrado cualquier forma de convergencia entre el Estado y sus bases, indígenas o no, desde que este país se llama como se llama. Ahora que Correa decide que esta agrupación no representa al movimiento indígena, el Estado ha de responder contra ella como si quienes la conformaran fuesen todavía sus mitayos.

Visto desde allí, el encierro en una urbanización pelucona y el desahucio, insultos incluidos, de la CONAIE, parecen delatar un mismo concepto de poder y ciudadanía, de espacio y derechos. Y por supuesto, una brecha entre el trabajo político y su reflexión. Al Supremo Líder se le olvida que fue en la CONAIE donde se planificaron las marchas que mandaron a Gutiérrez a Brasil y de las que él, con sus alumnos de la Universidad San Francisco y otros militantes de movimientos sociales que orbitaban alrededor de las organizaciones indígenas, participó. No me dejará mentir, ni él ni sus censores.

Así entonces, permisivos como somos, olvidadizos y embelesados por las fiestas alcoholizadas, les damos permiso para que se vuelvan en lo que combatieron cuando aún no tenían el poder. O tal vez esas dos casas puedan decirnos más a nosotros de lo que se les ocurrió a ellos mismos.