lunes, 8 de diciembre de 2014

Corea siglo XXI

La inmensa Ciudad del Libro de Paju concentra la industria editorial del país | La amenaza del vecino del norte tal vez explica la fascinación por el género de terror


Cultura | 03/12/2014 


ANTONIO LOZANO







Entre las amenazas bélicas que llegan del norte y el viejo legado de Confucio, entre el extenuante milagro económico y el exitoso pop de 'Gangnam style', entre Oriente y Occidente, Corea del Sur intenta sobrevivir construyendo también un entramado cultural -literario, arquitectónico, cinematográfico...- con vistas al futuro. Recorremos sus principales enclaves y paisajes


Como la Austria en tránsito impaciente del siglo XIX al XX, la Corea del Sur que quema los puentes que unen el XX y el XXI es una sociedad profundamente angustiada que está desarrollando una vida cultural esplendorosa, un país que vende progreso y exhibe creatividad al tiempo que por sus tejidos profundos se expande la necrosis. Corea del Sur es uno de los mayores fabricantes y exportadores de productos cosméticos del planeta y su capital, Seúl, un centro de peregrinaje para las operaciones de cirugía estética, pero también una nación infeliz que ha encontrado en el arte una válvula de escape con la que sacar a la luz cuanto disimula el maquillaje y el bisturí. 

Aunque un festín de gansadas, colorines y ritmos pegadizos hiciera que pasara desapercibida para la mayor parte de los occidentales, la contradicción quedaba a su vez representada y expuesta en aquel elemento que, por sí solo, más ha hecho en la última década por colocar al país asiático en el mapa: la canción Gangnam style (del rapero PSY), y su correspondiente videoclip de viralidad récord, denunciaba la superficialidad y la fachada del nuevo rico que compra desaforadamente y se pavonea por el barrio chic del título de la canción, conteniendo un subtexto más amplio por el que se criticaba la obsesión patria por practicar una consumista huida hacia adelante en lugar de sentarse en el diván.  Si el sufrimiento antes venía dado por deplorables cuestiones políticas -la dominación japonesa de la península entre 1910 y 1945, seguida por la guerra civil y la partición en dos estados de 1953, y luego tres décadas de dictaduras militares-, ahora es la excelencia económica la que de forma irónica ha puesto la soga alrededor del cuello. De ser un país considerablemente pobre y atrasado a mediados de los años ochenta, momento en que sus ciudadanos comienzan a obtener permiso para salir al extranjero, devino en los noventa uno de los denominados tigres asiáticos que, tras superar una bancarrota que condujo a su rescate por el Fondo Monetario Internacional, goza hoy de un destacado crecimiento anual del PIB y un desempleo mínimo, habiéndose consolidado como una voraz potencia tecnológica con la tentacular empresa Samsung copando en torno al 25 por ciento del mercado mundial de smartphones.

 Ahora bien, ¿cómo se produjo el milagro? En crudas palabras, con la tasa de suicidio infantil más elevada del planeta -el gobierno tuvo que obligar por ley a que las academias de refuerzo cerraran sus puertas a las diez de la noche en vez de a las dos de la madrugada- y una asfixiante exigencia laboral -jornadas extenuantes unidas a ridículos periodos vacacionales-. Sobre esto último: el gobierno anda detrás de abolir la costumbre de que los jefes arrastren a sus ya de por sí derrengados empleados a beber hasta bien entrada la noche, obligándolos con frecuencia a regresar a la oficina a dormir sobre sus mesas de trabajo dado que suelen residir muy lejos del centro.  Pero antes de abordar cualquier asunto relacionado con Corea del Sur, incluyendo por descontado sus actividades culturales, hay que hablar del legado de Confucio. Su doctrina sigue regulando la educación, el carácter y todos los órdenes del trato privado y profesional de sus individuos. La misión primordial es la búsqueda de la armonía del conjunto, no la satisfacción de los deseos e intereses personales. Uno sirve a su país y satisface a la comunidad. La contemplación del orden jerárquico es sagrada y, por ello, se reverencia a la tercera edad y a la autoridad. A título personal, recuerdo una cena con el escritor estadounidense Gary Shteyngart, cuya esposa coreana dejó estupefactos a los comensales al decir que, cuando en su país te preguntan cómo te marchan las cosas, nunca te incluyes en la respuesta, sino que la defieres a lo bien o lo mal que le va a tu familia y a tu empresa.  "Creo que lo que más define al carácter coreano es su tenacidad. Al contrario que los japoneses, no somos personas marcadamente perfeccionistas, pero sí muy entregadas y constantes. Si nos proponemos algo, lo llevamos a cabo, no desfallecemos. Existe un gran espíritu de sacrificio, aunque juegue en contra de nuestro bienestar e incluso de nuestra salud". Así se expresa Kim Cheson, profesora del Departamento de Español de la Universidad de Hankuk, que se encuentra disfrutando de una beca en la Fundación Cultural Toji. Engastado en el apacible paisaje montañoso de Gangwondo y cercado por campos de labranza, el centro supone el legado de un tesoro literario nacional, Park Kyong Ni (1926-2008), autora de la saga épica en veintiún volúmenes Toji (Tierra). Cheson es la traductora al castellano de la obra teatral de Juan Mayorga y, junto a casi una veintena de residentes (escritores, músicos, ilustradores, fotógrafos...), trabaja en proyectos creativos en un entorno remoto e idílico.  La disciplina que se observa en Toji es marcial, almuerzo a las doce y cena a las seis, nada de sobremesas, sólo los fines de semana se socializa. En el mes de julio que pasó este periodista en Toji no vio a nadie utilizar los juegos de mesa de la sala de ocio, ni encender su aparato de televisión, ni sacarle las telarañas a las raquetas de ping pong. Pasada la medianoche, las ventanas abiertas para que corriera el aire fresco permitían distinguir, recortándose contra la oscuridad de la habitación por la tenue luz emitida por los flexos, a multitud de figuras con expresión reconcentrada inclinadas sobre la mesa de trabajo.  Un ovni polémico
  A menos de una hora en coche del verdor y el aire puro de Gangwondo, la bulliciosa capital coreana (diez millones y medio de habitantes) saca pecho y levanta polvareda con la llamada a convertirse en la principal turbina cultural y de ocio del país. Inaugurado el pasado marzo, el Dongdaemun Design Plaza (DDP), puede ser, atendiendo a miradas y valoraciones en ocasiones irreconciliables; uno: una ballena de hormigón reforzado y acero inoxidable o un platillo volante de una aleación extraterrestre varado en medio de la urbe, siempre para la mente con tendencia a fantasear. Dos: un glorioso dinamizador de la industria creativa y del diseño, destinado a inspirar urbi et orbi, cuyas sesenta atracciones atraerán a 5,5 millones de visitantes anuales hasta procurar un aumento de la renta per cápita de los locales de cuarenta dólares llegado el 2020, siempre bajo la óptica de sus impulsores (gobierno y sector privado). O tres: un vergonzoso despilfarro -451 millones de dólares de infladísimo coste final-, una aberración estética, un sacrilegio al levantarse en parte sobre unas valiosas ruinas arqueológicas, y una amenaza para los centenares de pequeños comercios que se apiñan en el mercado de ropa con el que comparte barrio, según al detractor al que se le pregunte.  Sea como fuere, Seúl ya cuenta con su controvertido edificio icónico (calificativos que suelen ir de la mano), firmado por la arquitecta vedette Zaha Hadid, quien ha asegurado haberse inspirado en las técnicas de representación de la naturaleza de la pintura tradicional coreana. 85.320 metros cuadrados, repartidos en cinco espacios -destinados a exposiciones, conciertos, performances, negocios, lanzamiento de productos, compras y relajación-; 45.133 paneles de aluminio, cada uno de diferente tamaño; diseño eco-friendly de última generación y voluntad de buscar la máxima continuidad y fusión orgánica entre el exterior y el interior. La fuerza de la novedad y el tirón popular de algunas de las primeras exposiciones, dedicadas a temas como los Transformers, una telenovela romántica y la casa de modas Chanel, han facilitado una avalancha de visitantes en los primeros meses, pero todo lo que a medio plazo no suponga un efecto Guggenheim se antojará un relativo fracaso.  Las dos Coreas firmaron un armisticio en 1953, por lo que técnicamente no hay paz entre ellas, tal y como recuerdan las frecuentes bravuconadas del régimen de Pyongyang amenazando con iniciar maniobras militares y los periódicos simulacros de ataque que, concretamente en Seúl, movilizan a la ciudadanía hacia los refugios subterráneos, junto a la presencia de máscaras antigás en la mayoría de estaciones de metro y el despliegue en el país de más de 28.000 soldados estadounidenses. Existen por lo menos dos fórmulas de aproximación al impacto que el belicoso vecino y su política de acoso eminentemente verbal ha tenido en la cultura reciente del bloque meridional:  1. Desde un punto de vista creativo, son numerosos los analistas que han trazado abundantes conexiones entre la fascinación de cineastas y espectadores (también autores y consumidores de cómics) con el género del terror y la violencia desaforada y el estado de paranoia y ansiedad en la que vive instalado el individuo surcoreano. La recurrencia de tipologías como la criatura sobrenatural, el asesino en serie o el gángster de métodos truculentos enmascararía, tras diversos rostros, un mismo enemigo, ese soldado norcoreano de identidad y rasgos indefinidos.  Las orgías de sangre y la producción en cadena de escalofríos en la pantalla procurarían, por consiguiente, veladas catarsis psicológicas ante el pavor que provoca tener a antiguos hermanos dispuestos a levantarse en armas bajo las órdenes de un líder entre lo mesiánico y lo esperpéntico como es Kim Jong Un. No parece en absoluto casual que, entre el 2006 y el 2104, la película más taquillera de la historia de Corea del Sur fuera The host (Goemul, es decir, monstruo, en su título original) de Bong Joon-ho, historia de una viscosa y destructiva criatura marina que esparce el caos en la capital y que mora en el río Han, el mismo que discurre hasta la frontera con el Norte y que es puntualmente atravesado por embarcaciones espía. Tampoco podría calificarse de azaroso que, desde este pasado verano, tomara el relevo la superproducción The admiral: Roaring currents de Kim Han-min, espectacular recreación de la épica batalla naval de Myeongnyang que en 1597 condujo a apenas doce embarcaciones comandadas por el almirante Yi Sun-sin a vencer a las trescientas que conformaban la flota japonesa (la particular batalla de las Termópilas de los surcoreanos, aunque obviamente con un desenlace opuesto al de sus aniquilados pares griegos). 2. Desde un punto de vista geoestratégico, la sombra del Caín septentrional ha dejado al descubierto cuáles son las preferencias de la nación presidida por la conservadora Park Geun-hye, hija del difunto dictador Park Chung-hee. En líneas generales, concentrar las industrias culturales en las zonas de mayor riesgo, esto es, aquellas limítrofes con Corea del Norte, y alejar de las mismas a las industrias de I+D. Dicho de otro modo, la ciencia y la tecnología multiplicarían sus opciones de repliegue y supervivencia ante la eventualidad de un ataque, mientras que las artes quedarían K.O. a las primeras de cambio. Esta realidad queda ejemplificada por el contraste entre la ubicación de la Incheon Free Economic Zone -el corazón económico del país, una ciudad artificial articulada en tres áreas que suman 169,5 kilómetros cuadrados y que, con un presupuesto de 36,36 trillones de wones, se halla en proceso de erigirse en un hub de los negocios, la biomedicina, la logística, la industria avanzada y la educación técnica superior- y la Ciudad de los Libros de Paju. La primera crece a pasos agigantados en dirección sur, mientras que la segunda se expande a un ritmo sostenido en dirección norte.  Libros al final de las alambradas y sobre un pantano
  A treinta kilómetros de Seúl y, por tanto, sin abandonar la provincia de Gyeonggi, se levanta la ciudad de Paju, dentro de cuyos límites se encuentra la Ciudad del Libro, un complejo de un millón y medio de metros cuadrados sobre terrenos que antaño pertenecieron al ministerio de Defensa y que, desde junio de 1999, concentra el grueso de la industria editorial del país.  La autopista que conduce a la Ciudad del Libro desde la capital es la misma que desemboca en la DMZ o Zona Desmilitarizada, un puesto fronterizo entre ambos contendientes que sirve de lugar neutral de reuniones y que ha acabado convertido en un surrealista foco de atracción turística. El trayecto permite divisar las alambradas que circundan el río Han, salpicado de monolitos para frenar el avance de lanchas espía y de garitas de observación en las que se apostan soldados (el servicio militar, de dos años de duración, es obligatorio), y, coronando diversos puntos de la carretera, gigantescos arcos de hormigón prestos a ser dinamitados para bloquear el avance por tierra de las tropas norcoreanas. Casi a las puertas de Paju, uno topa con dos señales claras de que, al otro lado del río, ya se extiende terreno norcoreano. Por un lado, las montañas están peladas de árboles, pues han sido talados para obtener leña con la que calentarse, y, por el otro, con la ayuda de unos prismáticos pueden divisarse los restos de una ciudad de cartón piedra con la que el aparato de propaganda norcoreana pretendía, décadas atrás, animar a la defección a los del sur bajo la promesa de un paraíso residencial.  Puede que ceder al libro un enclave tan poco tranquilo demuestre falta de sensibilidad por parte de las autoridades pero, desde un ángulo onomástico, la decisión adquiere plena coherencia ya que Paju forma parte del municipio de Munbalri, que significa cultura o letras. Este templo literario también tuvo que hacer frente a desafíos orográficos ya que se levanta sobre una zona pantanosa, contemplando sus proyectores como objetivo sagrado una integración absoluta con el entorno, lo que implica la preservación de la flora y la fauna con un celo tal que deja a los jainistas como auténticos bárbaros. Para un país que deposita en la armonía uno de sus principios rectores, el mensaje subyacente era que el libre curso de la naturaleza y el libre curso de la cultura estaban indisolublemente unidos.  Con unos índices de lectura anual de 9,9 títulos por año, fruto en parte de que, independientemente de la abusiva manera de llegar a ello, el país lidera el ranking mundial de formación escolar, el sector del libro en Corea del Sur, aunque en clara recesión, es muy potente. Paju surgió como un pool de pequeñas y medianas empresas de capital modesto que, atraídas por los incentivos fiscales ofrecidos por el gobierno (no se pagan impuestos durante el primer lustro y sólo el cincuenta por ciento los siguientes tres años), decidieron mudarse a sus coordenadas de cara a conectar y abaratar la mayor cantidad posible de fases y actividades en torno al libro. De este modo, en Paju trabajan codo con codo, realizan sinergias o fusionan áreas de especialización las editoriales, las agencias literarias, las imprentas, las oficinas de derechos de autor, los estudios de diseño, las empresas de distribución...  Hoy la Ciudad del Libro concentra el ochenta por ciento del negocio en Corea del Sur a través de doscientas empresas que dan empleo a 10.000 personas que se reparten entre ciento cincuenta edificios. Para el 2015 está prevista la segunda fase de expansión con la llegada del sector cinematográfico y las telecomunicaciones.  Sin embargo, no todo es negocio y efectividad. Para empezar, hay conocimiento. Bajo el principio que se lee en uno de sus folletos -"un país con una infraestructura bibliotecaria bien desarrollada existirá por mucho tiempo y su pueblo gozará de ella para el cultivo de la mente"-, Paju dispone de dos fondos bibliográficos y visuales fundamentales: el Archivo del Conocimiento Cultural de Asia, destinado a preservar y difundir el patrimonio histórico, lingüístico y cultural; y la Biblioteca de Seres Queridos, ideada con el fin de recolectar testimonios que permitan "reflexionar sobre la vida y la muerte desde un punto de vista humanitario". Con medio millón de visitas anuales, Paju ha conseguido asimismo convertirse en un dinamizador cultural y de ocio, contando entre sus instalaciones con librerías (un total de cuarenta que cobran una entrada simbólica), galerías, salas de conferencias y auditorios. Todo edificio no debe superar las cinco plantas para no obstaculizar la vista del monte Sumhak, tiene que reservar la primera de ellas para exposiciones culturales, estar orientado según los principios del feng-shui y haberse construido con materiales que al envejecer combinen cromáticamente con el entorno.  Problemas afines
  Sin abandonar Paju, la Ciudad del Libro cuenta con una suerte de espejo de carácter pluridisciplinar en el prácticamente colindante Pueblo de los Artistas de Heyri. Lo que hasta 1998 consistió en un zoco informal donde adquirir libros de segunda mano en pequeños negocios rodeados por una espesa vegetación es ahora una mezcla de comunidad artística y foco de promoción cultural de atmósfera hippy y ambiente festivo. Casi cuatrocientos creadores (músicos, arquitectos, escritores, pintores, fotógrafos...) residen y trabajan en un espacio de 500.000 metros cuadrados que asimismo comprende museos, galerías, teatros, auditorios... Un 45 por ciento son áreas comunes abiertas al visitante (sobre los 800.000 anuales), estando cada artista obligado a destinar un tercio de su vivienda/estudio a una zona en la que exhibir y compartir su producción con el público. De nuevo el conjunto de instalaciones y servicios siguen una política de riguroso compromiso con el Medio Ambiente. Los responsables de Heyri se jactan de que no se alteró un ápice el paisaje de cara a acomodar unos edificios que, por su diseño innovador y sus prestaciones ecológicas, suponen un destino obligado para estudiantes y amantes de la arquitectura.  A grandes rasgos, el estado actual del mercado literario surcoreano responde a las tendencias globales: caída progresiva y alarmante de las ventas -los estudios muestran que los hogares gastan en libros sobre un 30 por ciento menos que hace una década-, encogimiento del mercado -el números de títulos publicados no deja de bajar año tras año-, destacado predominio de la ficción entre las preferencias de los lectores (o, mejor dicho, de las lectoras, pues ellas son las que sostienen la industria), concentración de las ventas en muy pocos títulos (fuera de los hits globales, llámense Haruki Murakami o Dan Brown, resulta muy improbable que un no coreano consiga ser un best seller)... Respecto a este último punto, el gregarismo está tan extendido en el país que, el año pasado, los medios de comunicación denunciaban la extendida práctica editorial de comprar enormes lotes de sus propios títulos para hacerlos entrar artificialmente en las listas de más vendidos. La polémica le costó el cargo al director ejecutivo del sello Jaeum & Moeum y la petición de dos de los buques insignia de la casa de que retiraran sus últimas novedades de las librerías. Frente a los problemas de la literatura para adultos, a los que se añade el hecho de que, pese a tratarse de una sociedad avanzada tecnológicamente, el e-book no ha acabado de despegar, la literatura infantil de Corea del Sur lleva muchos años siendo un referente creativo, gozando de prestigio en festivales especializados y de una considerable difusión internacional, al haber podido soslayar las barreras idiomáticas y culturales a las que se ha enfrentado la primera. Posiblemente porque los padres suelen volcarse mucho en la educación de sus hijos, el país es el quinto mercado mundial de libros para niños en volumen de títulos publicados.  Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. La ilustradora Jisun Lee, ganadora de diversos galardones en la Feria del Libro Infantil de Bolonia, la más relevante del planeta, sostiene desde Toji que "es verdad que existe mucha producción y ventas, pero casi toda concentrada en pocas, clónicas y nada imaginativas series, confeccionadas al gusto de los padres. Estos suelen comprar por packs, todos del mismo sello y sin criterio". El fúnebre diagnóstico lo secunda su colega Hyang-soo Kim para quien "creativamente nuestro mercado infantil es miserable y demasiado conservador. El pastel se reparte entre cinco o seis grandes empresas que poseen sus divisiones infantiles y que trabajan en cooperación con editores extranjeros. No apoyan a los autores pequeños y se limitan a producir en masa contenidos infantilizados y blancos, obviando cualquier tema delicado como el conflicto con el Norte, la brutal exigencia escolar, la exclusión social de los niños nacidos en familias multiculturales...". Coda
  A finales de los años noventa, la exitosa difusión de series televisivas, películas y grupos de música pop de origen coreano, principalmente por el este de Asia, fue bautizada con el nombre de Hall-yu (ola coreana). El fenómeno arrojaba a un país en perenne estado de guerra psicológica y que aún no había interiorizado los mecanismos democráticos al huracán del consumo de masas y lo convertía en una potencia cultural de naturaleza popular de primer orden. Pero a pesar de que el sueño húmedo de su juventud haya fluctuado en buena medida de trabajar para Samsung a eclosionar en el firmamento K-Pop, el Hyang-kak, un contrato establecido en el siglo XV durante la dinastía Joseon de cara a regular la vida comunitaria, fijando la armonía del cuerpo social como objetivo prioritario, parece muy vigente en la vida cotidiana. Basta entrar en un cine de Seúl para hacer la prueba. Antes de que empiece la película, un anuncio solicita que, amén de no hablar, deglutir palomitas y hablar por el móvil, te abstengas de pegarle patadas al asiento delantero. Cuando vuelven a encenderse las luces y los espectadores abandonan ordenadamente la sala, el servicio de limpieza tiene difícil justificar su sueldo.