martes, 8 de enero de 2013

El EZLN, la autonomía y la lucha por una alternativa

 
Guillermo Almeyra
 
Hay que saludar la decisión y la organización de los indígenas chiapanecos de las comunidades zapatistas que, a poco menos de 20 años de su rebelión, y a pesar del fuerte impacto del aislamiento, la hostilidad permanente de los gobiernos, la creciente miseria y la emigración, mantienen y renuevan permanentemente su fuerza, desfilan orgullosamente por las ciudades chiapanecas y resisten activamente en su territorio, menguado por la guerra de pobres contra pobres fomentada por las clases dominantes mediante el PRI.

Hay que destacar también que esa resistencia extrae fuerza de su organización y su temple comunitario y de su intento por construir las bases para la autonomía, a pesar de las limitaciones, carencias y errores de una dirección muda e impasible durante largo tiempo ante los horrores provocados por el fraude que impuso en Los Pinos a Calderón y su banda panista, con apoyo del PRI y de los chuchos del PRD. La exigencia de esas decenas de miles de indígenas se apoya en la voluntad y la decisión de los casi 200 mil habitantes de las comunidades rebeldes y en la simpatía activa de los demás pueblos indígenas y de las otras comunidades que luchan también por sentar las bases de su autonomía.

Ahora, ante la debilidad de un gobierno nacido de un nuevo fraude y activamente repudiado por lo mejor de la sociedad mexicana, ese zapatismo chiapaneco siente que el momento es favorable para salir nuevamente a reclamar una exigencia constante y sacrosanta: el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés y el reconocimiento constitucional de los derechos y la cultura de los pueblos indígenas. Esa reivindicación, aunque no cambia radicalmente la situación de los pueblos indígenas, exige se les reconozcan derechos iguales a los demás ciudadanos y la ampliación de los derechos de los pueblos originarios y de todo el México que trabaja y produce riquezas para otros. Da así un impulso a la lucha por la defensa de la Constitución y por los derechos democráticos, que dependen ambos de los trabajadores, los pobres, los oprimidos y los explotados de todo tipo, y que sólo pueden ser impuestos y defendidos por éstos.

De este modo, el EZLN, aunque sin plantearlo explícitamente, al romper su silencio y retomar mediante una demostración de fuerza y una movilización una ofensiva política, se apoya en la lucha de los millones que protestan contra la imposición fraudulenta de Peña Nieto con la complicidad de Calderón, o sea, con los millones que votaron por López Obrador y tratan de dar vida a Morena, y en la de los cientos de miles de lucharon y luchan en el terreno político y en las calles por los derechos democráticos y las conquistas constitucionales y legales pisoteadas, como los integrantes de #YoSoy132, los electricistas del SME, otros sindicatos combativos y la izquierda anticapitalista.

También implícitamente, convoca a una acción conjunta a los que en estos años combatieron (desgraciadamente sin el apoyo del EZLN) contra las políticas del PAN que el PRI continuará y agravará, al exigir que se concrete el reconocimiento de los Acuerdos de San Andrés y de una modificación constitucional incorporando los derechos indígenas. Porque es obvio que los resultados en las calles y en el mismo parlamento no pueden depender sólo de una negociación entre el EZLN y el gobierno de Peña Nieto, sino que exige la modificación de la relación de fuerzas políticas en Chiapas y en todo el país.

El apoyo de millones o de cientos de miles de personas y la capacidad de movilización de fuerzas no bastan por sí mismos. El problema es para qué se moviliza y con cuáles objetivos. AMLO movió millones de personas en 2006 y hasta 2012, y organiza ahora también millones, pero no para la lucha capaz de imponer un cambio social. La movilización sostiene siempre la resistencia social, pero no es suficiente para imponer una alternativa al poder de la oligarquía y del capital financiero internacional si se carece de la capacidad de unir detrás de fines comunes a gente que coincide sólo en algunos puntos fundamentales y si quien tiene capacidad organizativa no tiene, en cambio, un objetivo claro y creíble de transformación de la realidad, no de una región, sino de todo el país, y no desde arriba, sino mediante la movilización y el salto en las conciencias que se plasme en poderes locales de los oprimidos.

Las bases para la contraofensiva de los oprimidos y explotados en México se están dando en los esfuerzos –en Cherán, en el Itsmo de Tehuantepec, en Oaxaca, en la Montaña de Guerrero– por la construcción de las bases para la autonomía y la autogestión. Pero éstas son sólo intentos efímeros en comunidades pobres y aisladas. Para afirmarse deben extenderse y empezar a construir conciencias y poder, al mismo tiempo que enseñan a los demás mexicanos a autorganizarse para resolver por sí mismos los problemas graves.

Las luchas contra la desocupación, la carestía, la violencia estatal, la delincuencia, como parte de la ofensiva capitalista y contra la destrucción de leyes y conquistas logradas por la movilización campesina en la Revolución Mexicana, deben formar parte de una alternativa anticapitalista que hay que construir entre todos, conjuntamente, contra el establishment formado por el PRI y sus paleros, el PAN y los cárteles de la droga y por los grandes narcocapitales ligados a esos partidos, así como por los dirigentes del PRD.

¡Bienvenido a la acción el EZLN y la otra campaña, que estuvieron ausentes en tantos momentos importantes! ¡Bienvenida también la capacidad potencial de acción y campaña no electoral de Morena y de los sectores sindicales y de izquierda que tratan de crear un partido obrero independiente! ¡Bienvenidas las múltiples formas de lucha de los #YoSoy132!

Es la hora de unir esfuerzos al mismo tiempo que se abre una discusión fraterna sobre los errores pasados de la izquierda social para comprender sus raíces y superarlos.
 
Bandera zapatista

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