sábado, 21 de septiembre de 2013

Perú: Campaña por la Unión Civil de parejas del mismo Sexo



 
 
Se llama Diego, tiene 20 años y una novia. Es el hijo de mi pareja y mi bebe desde el día que lo conocí cuando tenía cuatro años.
Diego ha sido mi compañero en las últimas marchas del Orgullo Gay, el más indignado a la hora de compartir historias de homofobia, el que se ha sumado sin pedir explicaciones a la causa de la Unión Civil, el que me presenta sin adornos a la gente: «Ella es la pareja de mi mamá». No soy la prima. Tampoco la tía o la mejor amiga.  
Somos una familia y nadie nos molesta, pero no estamos en una cajita de cristal. Nos rodea la injusticia, la homofobia encubierta y desnuda, una sociedad que margina, que señala, que excluye, que te sonríe mientras murmura: «Machona de mierda», «enfermos», «asquerosos», «cabros tenían que ser» y más.
Podríamos estar por encima de todos ellos e ignorar esta batalla por la unión civil; pero queremos un país más justo, un país donde chicos como Diego no tengan que sentir vergüenza o miedo al mostrar a su familia. Su familia es más grande que la de muchos: está su mamá, su papá, la esposa de su papá, sus hermanos, su tía y yo. Hemos soportado temporales y estamos juntos, en las buenas y en las malas. Pero hay familias que viven en la oscuridad, chicos como él que no pueden presentar a la novia de la mamá o al novio del papá. Que se esconden. Que lloran. Que cargan con una “vergüenza” inmerecida.  
Nosotros no queremos un Perú así. Queremos un país más noble, un país donde se nos respete, donde nuestra voz no sea etiquetada con un «habla porque es lesbiana». Hablamos como ciudadanos, como ciudadanos responsables que pagamos nuestros impuestos y amamos este país. No pedimos tolerancia. ¿Qué tendrían que tolerarnos? ¿El ser «raritos»? No somos raritos. Somos solo personas. Y soñamos con un Perú mejor.
Cuando Diego tenía cinco años, siete años, once años y en el trabajo  convocaban a las «madres» para dar regalos a sus hijos por Navidad, Diego no existía. Claro, eso no era importante. Diego tenía los regalos de toda esa gran familia y, sobre todo, el amor de cada uno de nosotros. Pero no podía llevarlo a esas fiestas porque no era mi hijo y simplemente no podía estar en la lista ni de las entradas para el circo. Yo siempre era la soltera, la sin hijos, la que tenía como familia a sus gatas.
Los directores de los medios en los que laboré y mis jefes más inmediatos, así como mis compañeros, jamás me discriminaron; pero en Recursos «Humanos»  mi familia no encajaba. Recuerdo la voz de una asistenta social diciéndome con pena que no se podía. Tenía que ser mi hijo. Y me resignaba.
Juntos podíamos ir al circo o a la luna (nuestra luna). Sin embargo, esa exclusión me ardía. No por los regalos, premios y bobadas. Dolía la negación, el que te digan sin pronunciarlo «tu familia aquí no vale», como no vale para los bancos, el seguro social, las AFP y las empresas de seguros.
#UNIÓNCIVILYA es un grito, un derecho, una urgencia. Dicen algunos que solo se restringe a lo patrimonial y que eso se arregla con contratos. Anda al notario, págale un seguro particular a tu pareja, búscate un abogado que te haga los papeles…. ¿Así se maneja una sociedad más justa? ¿Por qué tengo que ir yo al notario e inventarme una sociedad cuando tengo una familia como la tuya?
Como peruana aspiro a un país mejor, un país sin discriminación, un país menos egoísta, menos cruel. Hubiera querido que se plantee un proyecto más amplio que nos otorgue los mismos derechos que cualquier ciudadano peruano; pero me conformo hoy con este pequeño paso. Hay que darlo. Hay que ganarlo.  #UNIÓNCIVILYA
PD:
Este es el proyecto de ley presentado por el congresista Carlos Bruce.
Visita la fanpage de #UniónCivilYa

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